Achúcarro: música y espacios culturales

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“Música y lenguaje, hermanos”, éste fue el título del discurso que el pianista Joaquín Achúcarro dictó en el acto de ingreso como miembro honorario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando el pasado día 18 de febrero. Comenzó dando las gracias con una fórmula que recordaremos y diciendo: “Pocas coas hay en esta vida que sean tan fáciles y satisfactorias que dar las gracias, cuando proceden no de un formalismo convencional, sino de una urgencia interior”. En sus palabras habló de cómo la música está intrínsecamente unida con el el ímpetu del ser humano por comunicarse, igual que el lenguaje, intentando trazar con signos, con formas sobre los sentimientos y las emociones. Su tesis de hermanamiento de música y lenguaje se formalizó en este evento a través de un recital que Achúcarro ofreció tras su discurso y en el cual interpretó obras de Debussy, Falla y Ravel, en una secuencia sublime. Achúcarro, nacido en Bilbao en el año 1932, es uno de los más importantes pianistas del mundo. En su carrera, que discurre ya por más de 60 años, la cifra de conciertos que ha impartido supera los 3,000, ha actuado con los más importantes directores de orquesta, como Zubin Mehta, Cristóbal Halfter o Rafael Frühbeck de Burgos, y su música ha llegado a los más emblemáticos espacios de la escena musical. Decir su nombre es hablar de la historia de la interpretación en piano. Conocí a Achúcarro precisamente en Bilbao, en un fantástico concierto en el que me impresionó precisamente la dualidad entre música y lenguaje que se daba en su persona, porque, a su interpretación musical, le seguía un discurso en el que explicaba las claves de lo que estaba tocando, y escuchar su explicación era oír una traducción que enfatizaba lo escuchado. Un día me invitó a acudir a su casa, yo quería hablarle para que viniera a los actos de inauguración del Museo de la Universidad de Navarra. En mi búsqueda de su casa, en uno de esos días lluviosos característicos del País Vasco y estando yo desorientado, di con la placa del nombre de la calle en la que me encontraba y para mi sorpresa vi que la calle se llamaba “Calle Joaquín Achúcarro”. Pero si algo marca a este genial hombre y a su esposa, alter ego, también excelente pianista, es la humildad y la cercanía. De aquel encuentro surgió la posibilidad de visitarle en Dallas, donde imparte clase en la Universidad SMU desde los años 80. Allí, en su Facultad de Arte Meadows, uno de los lugares más increíbles dedicados al arte de este país, y que cuenta con un claustro excepcional de músicos, y en artes plásticas destaca por tener el que llaman el Prado americano, el Museo Meadows que ostenta en su colección piezas sublimes del arte español como la Silbila de Velázquez, Achúcarro ha desarrollado toda una academia de discípulos. Ver a Achúcarro en su estudio de la Universidad, con tres Steinway en la misma sala, impartiendo clases individuales a alumnos venidos de todo el mundo, y ver cómo les hablaba de su forma de leer la música, es una de las cosas que dejo guardada en mi memoria de qué es esto que llamamos arte y cómo lo trasmitimos. Y me quedo con con algo que se recordó el otro día en la Real Academia, para Joaquín Achucarro un concierto no es una exhibición, no es pura técnica, es algo más, en sus palabras, es “la creación de un espacio cultural”.