Carlos Cruz-Díez y el color

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Han coincidido en el tiempo y a pocos kilómetros de distancia, la que separa el Señorío de Otazu del Museo Wurth de La Rioja en Logroño, dos presentaciones del artista Carlos Cruz-Díez (1923, Caracas, Venezuela). Considerado como uno de los más importantes artistas de Latinoamérica y máximo exponente del arte óptico, Cruz-Díez está presente en las mejores colecciones del mundo, y su nombre es historia del arte ya. Establecido en la ciudad de París, donde llegó en el año 1960 y donde reside y trabaja actualmente, su carrera se vinculó con la vanguardia y con los debates que surgían entre ambos lados del océano, proponiendo una obra asociada de forma radical al color y sus posibilidades, y a la investigación sobre nuestras percepciones. En su obra el “gesto” del artista está encaminado a buscar la esencia del color, llegando a ese lugar que Cruz-Díez inauguró que defiende que el color no necesita de superficie donde sustentarse. Las dos intervenciones que pueden verse ahora en Navarra y La Rioja ahondan precisamente en lo más inmaterial de esta investigación de Cruz-Díez, en sus obras que se componen solo de luz. La instalación temporal, titulada cromosaturación, que puede visitarse hasta el próximo día 2 de abril en el Wurth, un museo inscrito en un complejo industrial y pegado a las naves de logística de esta empresa alemana que cuenta con 14 museos distribuido por Europa y que ostenta una de las colecciones más sobresalientes del continente, parte de un proyecto del año 1964 de Cruz-Díez. Con tres colores, el azul, rojo y verde, lanzados en fluorescencia, el artista consigue trazar un espectro de colores y sensaciones que sobrecogen al espectador. Por su parte en Otazu, podemos ver una intervención de luz realizada de forma específica para la sala de barricas de la Bodega Otazu, espacio abovedado en hormigón visto diseñado por el arquitecto Jaime Gaztelu Quijano y por el ingeniero Juan José Arenas de Pablo a finales de los años 90, y que es quizás uno de los espacios arquitectónicos más singulares existentes en una bodega en España. En sendas instalaciones en Logroño y en Otazu, se investiga esta disposición cromática y la generación de espacios de color y es excepcional la ocasión de ver dos intervenciones, a poca distancia, de uno de los más grandes creadores de la segunda mitad del siglo XX y principios de XXI. El color está ahí, flotando, y se queda en nuestra memoria, ni nuestros móviles son capaces de recoger el registro de luz que se crea en estos lugares. Y esto me recuerda la visita al estudio de este artista en París, y la sensación que me generó al al escucharle, y cómo con casi 100 años de vida, sigue interesado por generar esas ilusiones, esas reflexiones sobre el espacio para dejarnos ese haz de luz delante para que aprendamos. Puro ejemplo, puro color de vida.