Museo en la calle

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Vengo de México DF, una ciudad que sobrecoge por su ritmo, con más de 20 millones de personas y que es, además, uno de los epicentros culturales de América. Los grandes coleccionistas que residen aquí, e importantes artistas, se suman los museos que se pueden visitar en esta ciudad, desde el Jumex diseñado por Chipperfield, al museo universitario MUAC. También destacan espacios como el fenomenal Antropológico que recorre la cultura de Mesoamérica y que nos ayuda a entender lo fértil que ha sido este lugar del mundo a lo largo de su historia. Y en el mismo parque en el que se encuentra el Antropológico, está el que es para mi el favorito de esta ciudad, por su arquitectura y por su programa: el Museo Rufino Tamayo y que fuera fundado por este artista mexicano en los años 80. Aquí he podido ver piezas fabulosas como la performativa de Thrisa Brown, floor of the forest, obras de Amalia Pica o de Carlos Amorales. Esta vez me quedo con una pieza expuesta en salas, un especial Rothko de finales de los 40 que pertenece a la colección del Museo, pero también me quedo con algo que el museo tiene programado fuera de sus paredes. En la plaza que recibe al visitante se ha erigido entre los meses de abril y mayo una estructura realizada con andamios rodeada de cable negro que encierra un teatro. Inspirado en el escenario isabelino “The Globe” donde se presentaban las piezas de Shakespeare, se han interpretado cada día del programa obras de Shakespeare. Siempre con luz de día y sin apenas elementos técnicos, esas condiciones escénicas, junto a la estructura teatral sencilla pero efectiva y centrada en la escena, dan una naturalidad a lo que allí sucede. He podido ver dos funciones, ambas creadas, dirigidas e interpretadas por creativos mexicanos. Una fenomenal revisita a Enrique V, y una genial reinterpretación de Romeo y Julieta a través de dos profesores que compiten por demostrar quien sabe más de Shakespeare para terminar cayendo en la inercia de la propia trama de una forma sutil. El programa se llama “Teatro en la calle”, y no se cae en lo banal cultural por el hecho de estar en la calle, todo lo contrario: se lleva a un punto profesional, que incluye el pago de una entrada y la existencia de un teatro efímero bien administrado. Y todo esto me lleva a pensar, en lo positivo que es que los museos se reinventen en momentos efímeros para ser, como el Tamayo en esta ocasión, museos en la calle y acercarse más como elementos educativos, superando a sus propias colecciones y preceptos de programa, para girar en torno a nuevos lugares, que posibilitan nuevas formas de mover a la gente a la acción y al aprendizaje desde el arte.