Rothkos

Rothkos

Cuando hace unas semanas, Stephen Polcari, considerado uno de los más reputados expertos sobre Expresionismo Abstracto Americano y ex director de los archivos de arte de la Smithsonian, declaró en el juicio por el cuadro falso de Mark Rothko vendido por la galería Knoedler&Co. que no sabía distinguir entre una obra auténtica y una falsa de este autor, todo el mundo se echó a reír. Polcari tenía delante el falso Rothko protagonista de esta historia. Y es que, posiblemente, ante todos los detalles revelados en el proceso, la única salida para un historiador implicado directamente en esta situación era decir algo que finalmente hiciera reír. O llorar. Pocas galerías han gozado de la fama de Knoedler & Co. Fundada en el año 1848 por Michael Knoedler, era una de las más antiguas galerías de arte de Estados Unidos, previa de hecho a la apertura de la mayoría de los museos de Estados Unidos. Los expertos afirman que jugó un papel clave en el desarrollo del coleccionismo en aquel país y en la formalización del gusto de la burguesía que comenzaba a adquirir obras de arte. De la importancia de su labor en el país nos da cuenta el hecho de que su archivo histórico está custodiado por el Getty Research Institute de Los Ángeles. El negocio de la galería Knoedler fue creciendo de forma excepcional año tras año, década tras década, hasta que, en 2011, y de forma escueta se comunicaba que cerraba sus puertas. No se daban más explicaciones, y muchos entendieron que su cierre era un síntoma más del colapso económico de la primera década de los 2000 que pasaba también factura al mundo del arte. Pero el caso es que en ese momento ya había sospechas de algo extraño, y existía una demanda interpuesta por la Dedalus Foundation, la fundación creada por Robert Motherwell, acusando a la presidenta de Knoedler, Ann Fredman, por vender cuadros falsos de este artista.

Se descubría que su Rothko, junto a otras 30 obras vendidas por Knoedler, formaban parte de una trama de falsificación de arte. Sin embargo, fuentes como «The New York Times» comentaban en el «obituario» de la galería ante su cierre que, aún siendo conscientes de ese contencioso en marcha, Knoedler pasaría a la Historia nada y más y nada menos que por «haber creado el mundo del mercado del arte Americano», y señalaba su labor en la difusión de obra de artistas como Frederic E. Church, Winslow Homer, George Bellows, John Singer Sargent, Jackson Pollock, Milton Avery, Helen Frankenthalero Frank Stella, entre otros. Pero «The New York Times» tampoco acierta siempre. Porque viendo todo lo sucedido en los últimos años, se hace evidente que la galería cerraba de forma abrupta por lo que estaba por venir. El momento álgido hasta la fecha de todo este proceso ha sido el juicio oral celebrado a principios de 2016 por la demanda de los coleccionistas Domenico y Eleanore De Sole por el falso Rothko ante el que declaraba Polcari. Estos coleccionistas habían comprado un Rothko en Knoedler por 8,3 millones de dólares en el año 2004. En realidad, los coleccionistas querían comprar un Sean Scully pero ante la ausencia de «stock» de este artista en la galería, la presidenta de Knoedler les enseñó aquel «fake» Rothko. Y pasó a formar parte de su colección. Los De Sole conocieron años más tarde cómo otro coleccionista, Pierre Lagrange, interponía una demanda por la falsedad de un Pollock comprado a Knoedler por 17 millones de dólares. El análisis de aquella obra demostró que estaba realizada con pintura no inventada antes de la muerte de Pollock. Y ahí comenzaron las sospechas y la llamada a la galería por parte de los De Sole, la ausencia de respuesta y finalmente la demanda. Desde entonces, la señora De Sole –confesaba su marido Domenico en el juicio– llora toda las noches. Normal. Y es que el drama era mayúsculo. Se descubría que su Rothko, junto a otras 30 obras vendidas por Knoedler, formaban parte de una trama de falsificación de arte.

Knoedler tenía entre sus proveedores a una «dealer» de México asociada a un marchante español, quienes, al parecer, tenían contratado a un hábil «artista» chino formado en la Arts Student League en los años 80. Se da la casualidad de que en esa misma escuela se había formado Rothko en los años 20. Nacido Markus Rothkowitz en 1903 en Dvinsk, emigrado a Portland, hijo de judíos que huían de la persecución en Rusia, Rothko, siendo estudiante en Yale, realiza un viaje a Nueva York. No quería ser abogado o farmaceútico como su familia; él quería ser actor. Pero un día al entrar en la Arts Student League para ver a un amigo confirmó que su vida sería la pintura. Y allí se formó junto a Max Weber y conoció a artistas que tendrían un efecto determinante en su carrera, entre ellos, el fenomenal Milton Avery. Y allí estudió su falsificador.

El proceso del juicio del falso Rothko terminaba antes de que el juez escuchara a todas las partes y pudiera dictar sentencia: los De Sole reclamaban 25 millones de dólares como compensación, y aunque se desconoce si se llegó a esa cifra, lo que sí sabemos es que se había alcanzado un acuerdo económico que cerraba el proceso. Junto a la indignación de cierto sector del arte porque un caso de tal envergadura hubiera sido resuelto dejando mucho espacio de incertidumbre en el mercado del arte, el sector mira con preocupación las consecuencias que derivan del caso y que afecta directamente a la profesión. Y es que el juicio giró sobre el papel importante de los críticos de arte en el proceso de autentificación de obras de arte. Hace años me comentaba un familiar de un gran artista norteamericano que esta situación iba a derivar en que nadie se va a atrever a hacer trabajos de certificación o de catalogación razonada de obras de arte: por el riesgo a ser utilizado o ser demandado por autentificar algo que luego no lo fuera, o por no autentificar y luego ser demandado: como ejemplo, la fundación Pollock Krasner tuvo una demanda por negarse a autentificar una obra. Pero fue sobre todo Polcari el que protagonizó el juicio. Se hizo público que estuvo contratado por la galería para escribir diez textos (a razón de 300 dólares) sobre obras compradas a la trama de falsificación. Estos textos fueron aparentemente utilizados como prueba de legitimidad de las obras. Del juicio tenemos imágenes creadas por uno de esos dibujantes de escenas judiciales. En este caso son de Elizabeth Williams. Cuando veo esos bosquejos con el falso rothko al fondo de la sala del juicio, imagino, a parte de en algún autor conceptual que pudiera sacar provecho de esta escena, a Polcari viéndolo y pensando en su historial como profesor y experto en Rothko y en cómo termina su carrera implicado en esta trama, y reconociendo, para ayudar a su defensa y la de la galería, que todos los Rothkos son iguales. Y entonces yo no se si reír por lo que todo esto supone. O llorar.

Artículo originalmente publicado en el diario ABC. Léelo aquí