Tradición y vanguardia. La edad de plata de danza. 

Pablo Picasso, Figurín para 'El sombrero de tres picos' de los Ballets Russe de Sergei Diaghilev, 1920. Archivo Manuel de Falla (detalle)

A principios del siglo XX surgió un frenesí creativo en torno a la danza en España, continuando la senda que se marcaba en diferentes entornos de Europa y Rusia y que apostaba por la danza como un arte más, eso sí, temporal, y que escapaba a ciertos cánones, canónes que con la Vanguardia comenzaban a ser derribados. El espíritu de esos años está perfectamente ilustrado en una exposición que dedica la Residencia de Estudiantes de Madrid a esta época de la danza en España. Con el título Poetas del Cuerpo, La danza de la Edad de Plata, la muestra plantea un recorrido desde esos primeros años del siglo XX hasta los años 40. La exposición, que es un brillante ejercicio de investigación y puesta en escena, sirve como testimonio de cómo en los inicios del siglo no solamente se exploró la tradición y sus capacidades, apostándose por la necesidad de salvaguardar ese legado, si no como también el espíritu de esos primeros compases creativos del siglo XX condujeron a la danza a una inexorable renovación. La tradición y su consolidación en nuevos lenguajes, contó con aliados a la generación de intelectuales de esa época, y con la entrada de importantes artistas plásticos, como Picasso o Miró, que se compenetraron en el diseño de figurinismos y escenografías. Desde aquellos  ballets rusos de Diaghilev, que llegaron a España por primera vez en el año 1916, mismo año en el que Picasso estrenaba Parade, el primer ballet que contó con escenografía y figurinismo suyo, hasta el proceso de introspección del espíritu sobre las posibilidades de búsqueda entre el folclore de la canción, el baile y el teatro español, y su convalidación en forma de vanguardia la exposición, se cuentan a modo de historia en esta recomendable exposición. Otras colaboraciones de Picasso con los ballets rusos, con Falla en el Sombrero de Tres Picos, estrenado en el año 1919 en Londres o el el estreno en 1925 de El Amor Brujo, también de Falla, en París, fueron conformando la potencia que albergaba lo español en la danza. Además, la muestra aquí guarda un mayor interés al celebrarse en la misma institución que durante esos años del primer tercio del XX se consolidó como uno de los epicentros en el desarrollo de la danza en nuestro país, primero como institución que apoyó “el reconocimiento del valor de las artes populares” y, segundo, por su capacidad de capilarizar la adhesión por parte de la generación de intelectuales de la época al valor de la danza. La exposición cuenta con más de 300 piezas, entre libros, documentos, vestuario, documentos y una importante colección de colaboraciones de artistas plásticos entre los que destacan, fotografías de Man Ray, dibujos y esculturas de Alberto Sánchez, obras de Dalí, Zuloaga, o dibujos de Picasso: una revisión de cómo se tejió ese debate entre la tradición y la generación de algo nuevo, de vanguardia, que aún perdura y que se ha establecido como un clásico. Publicado en mi blog Aún aprendo.